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La aparición de Roy, Dyc o Dicky PDF Imprimir E-mail
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Escrito por Javier Busón   
Indice del artículo
La aparición de Roy, Dyc o Dicky
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Desde pequeño, siempre me han gustado los animales. Incluso pensaba por aquel entonces en hacerme veterinario o biólogo para estar más cerca de los “bichos”. A esto hay que añadir que en mi familia siempre tubo algún que otro perro, exceptuando alguna temporada sin perros después de la muerte de Laidy, una collie ganador de concursos de belleza y que pasó sus últimos dos años a base de suero y medicinas que mi madre le daba con una botella de coca-cola ...

 

 

Desde pequeño, siempre me han gustado los animales. Incluso pensaba por aquel entonces en hacerme veterinario o biólogo para estar más cerca de los “bichos”. A esto hay que añadir que en mi familia siempre tubo algún que otro perro, exceptuando alguna temporada sin perros después de la muerte de Laidy, una collie ganador de concursos de belleza y que pasó sus últimos dos años a base de suero y medicinas que mi madre le daba con una botella de coca-cola pequeña y que ella se lo tomaba gustosamente. Era increíble ver a la perra sentarse cuando mi madre salía a darle su medicina. No hacía falta obligarla ni nada. Ella misma abría la boca y se lo tomaba a los pocos. Era verdaderamente un encanto de perra, y supongo que sabría que aquello que tomaba la hacía mejorar. Es lo poco que recuerdo de ella ya que, por aquel entonces tenía unos 5-6 años de edad. Nunca tuve miedo a los perros, incluso cuando me mordían. Normal, con las trastadas que les hacía era de esperar.

El segundo perro apareció en mi vida cuando tenía unos 11-12 años. Era un cachorro de Fox Terrier que le pusimos de nombre Cotton. El último de sus hermanos que llegó a pesar 14 kilos y ser el doble de alto que sus parientes sin estar gordo ni nada por el estilo. ¿Será por la leche con calcio que tomó de pequeño ó por su costumbre de hacer las comidas al igual que nosotros? Ni idea, pero la gente al verle les costaba creer que aquello era un Fox Terrier con Pedigree y todo. Era un verdadero terremoto, faldero a más no poder con mi madre, que le encantaba jugar con esos muñecos que hacen ruido, bueno, sólo la primera hora, ya que conseguía arrancarlo a base de mordiscos, y hacer alguna que otra trastada, como subirse a la cama de mis padres para resfregarse contra la almohada, que siempre cuando mi padre o yo le regañabamos, iba corriendo a los pies de mi madre para defenderse, es decir, sabía que mi madre le defendería de nosotros. Y lo peor de todo es que siempre el jodio se salía con la suya. Pero cuando mi madre no estaba, a mí era el único al que obedecía. Me encantaba hacerle rabiar para verle gruñir y estornudar. Y odiaba que le tocaran las patas delanteras. Ahí es cuando te ponía perdido a base de estornudos. Le quería bastante al jodio, y nos dolió a todos cuando se murió de viejo. No nos importaba tener que cogerle en brazos para acercarle al jardín a que hiciera sus cosas, o limpiarle ya que el pobre no se podía ni levantar. Al parecer tenía displaxia provocada por una caída de su cajón en sus múltiples viajes interoceánicos (Brasil-España). Nunca nos planteamos el “dormirle” ya que se le veía contento con nosotros, saludándonos como podía cuando nos veía. Y siempre recordaré esa fecha ya que nació mi sobrino en ese día.

Pasado unos meses, llegó a casa un caniche (Poddle). Si nos pareció que Cotton, el Fox Terrier era un terremoto, este llegaba a escalas imposibles de superar. Mi madre le puso el mismo nombre “Cotton II”. Juguetón a más no poder, incansable,... en fin, todo un verdadero artista. Y sigue vivito y coleando que el jodio tiene ya casi 9 años.

Por el año 97, me decidí volver a España, anclándome en la sierra madrileña del Guadarrama. No pensaba en tener a ningún perro, ni gato, ni nada por el estilo hasta que de pronto, mi novia (por aquel entonces) y mis amigos me traen por sorpresa a una bolita de pelo de color gris azulado, con unos ojazos azules. Era un cachorrin de un cruce de pastor belga con alemán. Era una verdadera preciosidad. Y el principio de mi perdición. Al estar acostumbrado a estar siempre con perros, siempre los manejaba bien ya que eran pequeños, y que mi madre es quien se “encargaba” de educarlos. A éste lo tendría que educar entre mi novia y yo. Y mi gran fallo es que le consentíamos muchísimo. Si a este le añades a que era un perro con un carácter extremadamente dominante, imagínate la bomba de relojería que teníamos en casa. Y si añadimos que al final el perro se tuve que venir conmigo porque me separé de mi novia al año de tenerlo, reeducarlo fue la más difícil de las tareas. Estaba demasiado consentido y le tenía que dejar claro que yo era su “amo” y que no le consentiría ciertas libertades antes conseguidas. El NO tenía que ser NO siempre. Si para el perro esta nueva etapa era muy dura, para mí fue peor, ya que si al principio le intentaba educarlo sin levantar la mano, me tomaba por el pito del sereno, incluso con alguna que otra mordida (incluso sangrantes). La única solución era arrearle siempre y cuando le pillaba “in fraganti” haciéndole ver que lo que había hecho estaba mal, ya que sabía que había un corto período de tiempo entre el acto y la posterior regañina. Gracias a mi tozudez para con el animal, y las malditas azotainas, conseguí hacer que me obedeciera (casi) siempre, pero no creo que conseguí hacerme su “líder”, sino más bien en su “jefe”. Llegó a comportarse sumisamente conmigo, me saludaba efusivamente cuando llegaba a casa de trabajar, a obedecerme (no siempre), le podía dejarle suelto mientras paseaba ya que cuando desaparecía de su vista, se ponía nervioso parándose en seco y buscándome con la vista y el olfato, y venía corriendo cuando me veía, con la consiguiente desgracia de que una vez literalmente me atropelló. (Mido casi uno noventa, así que imaginaros el golpe). Pero tenía sus manías. No podía comer si no había nadie con él, era muy temperamental conmigo ya que se enfadaba conmigo si no le hacía caso o si le dejaba mucho tiempo en casa solo sin verme. Y era un poco brutote con la gente ya que no controlaba su fuerza, pero lo único que quería de la gente era mimos y más mimos. Incluso convivió con un gato callejero que había adoptado de pequeño sin mostrarse agresivo ni nada. Sólo quería jugar, y el pobre gato se escabullía como podía ya que el perrín era un poco brutote, sobretodo con sus “patitas”.



Comentarios
MaD  - Broncas por dejarles??   |19-11-2008 16:04:08
Vaya, parece que mi Nano no es el único que se enfada por quedarse sólo.
La primera vez que me separé de él tuve que ir 3 semanas a Amsterdam. Se quedó con mi ex, pero cuando volví a casa... tela.
Abrí la puerta y en lugar de estar rascando como un loco (lo hacía antes) estaba completamente quieto, con la cabeza y la cola completamente levantadas, como diciendo: "se puede saber donde has estado?" Vamos, ni mis padres me recibieron así en mi primera escapada nocturna.
Según terminé de abrir y me agaché para abrazarle se giró, dio unos pasos y se tumbó de espaldas a mí. Me acerqué y se fué unos pasos más allá.
Estuvo ásí esa noche y el día siguiente, tumbándose delante de donde yo me pusiera, pero siempre de espaldas.
A la noche siguiente después de llevar un rato acostada saltó encima de la cama y se puso a revolverme la coleta con las patas y a pegarme hocicazos como un loco. Se le había pasado.
Desde entonces, cuando se me tumba delante de espaldas... malo.
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